Cuando terminaba la cosecha del maíz, los indígenas acostumbraban celebrar ese acontecimiento con una gran fiesta, con la creencia que los familiares difuntos regresaban a la tierra a compartir con sus parientes vivos los frutos de la tierra. Por ello, en cada casa no faltaba el altar de muertos donde se colocaban las ofrendas.

Con la llegada de los españoles ocurrió un sincretismo que mezcló las tradiciones prehispánicas con las europeas, haciendo coincidir las festividades católicas del día de Todos los Santos y Todas las Almas con el festival mesoamericano.

Hoy en día se sigue la tradición, y desde el primero de noviembre los mexicanos acostumbran visitar el cementerio, llevan ofrendas, música y se envuelven en una fiesta. Entre las ofrendas no pueden faltar los platillos tradicionales para el día de los Muertos como: Pan de muerto, cuyo origen es prehispánico, es redondo representando el cráneo y es adornado con cuatro masitas cilíndricas (huesitos) en forma de cruz, simbolizando los cuatros rumbos del universo según la cosmología precolombina. Otro platillo, la empanada de calabaza, es una cajeta de calabaza que no puede faltar en un festejo; como tampoco puede olvidarse el dulce de calabaza, que se elabora con calabaza cociéndola con miel de piloncillo (papelón) y canela y se le puede agregar frutas de temporada.

De acuerdo a cada región varían las comidas del Día de Muertos, por ejemplo, en Yucatán es tradicional el Mucbipollo, que se prepara exclusivamente para esta época. Consiste en un tamal hecho con masa de maíz nixtamalizado relleno con carne de gallina, condimentada con achiote, y según la tradición maya se envuelve en hojas de plátano, y se cocina el pib en una hoya bajo la tierra.

Estos platillos se acompañan con tequila, atole y café, de acuerdo a la preferencia del difunto a quien se le hace la ofrenda.