Para su diario consumo o en ocasiones especiales (ceremonias, ofrendas, celebraciones navideñas, bautizos…), la versatilidad de los Tamales destaca desde sus orígenes históricos. En lengua náhuatl se conoce como [tamalli]; tal nombre, de carácter muy genérico en este caso, ha servido para identificar distintas versiones, ante cuya exquisitez, por sus especiales sabores, ni la presencia española colonial pudo ser indiferente.

México muestra la mayor diversidad de Tamales, al punto de que existen varios tipos de ellos en un mismo Estado. Tal variedad muestra la existencia de miles de elaboraciones de los Tamales; también un consumo anual que alcanza cifras millonarias… tan popular es.

De sabor dulce o salado, dependiendo de si son los Tamales de Ciudad de México, oaxaqueños, tipo zacahuil, yucatecos, de Michoacán (llamados allí “corundas”), del noreste, etc… se  preparan con masa de maíz cocida, envuelta luego en hojas del mismo maíz; igual se pueden usar las de plátano, bijao, maguey o aguacate; algunos utilizan papel aluminio y hasta plástico.

Aunque también se consumen sin relleno, lo más popular y apetitoso es acompañarlos con carnes (puerco, pollo, iguana), vegetales (cebolla y zanahorias), chiles jalapeños, frutas, guisos, salsas, vinagre y especias, con relleno de mole amarillo o chipilin y dentro de un pan de trigo o torta (guajolota) junto con un sabroso atole. En muchos casos, se sirven en apreciable cantidad sobre platos hondos o en hojas de plátano asadas; o en desayunos, junto con una taza de café negro, con suficiente piloncillo y canela. ¡Un manjar mañanero!

Y para darse el mejor de los gustos en variedad de sabores y formas, no olvide visitar la Feria del Tamal el 2 de febrero, Día de la Candelaria; y en Ciudad de México también lo espera la novembrina Feria Latinoamericana del Tamal en tiempos del Día de los Muertos. ¡Salud!