No solamente las órdenes religiosas masculinas jugaron un importante papel en la cocina mexicana, sino también las órdenes femeninas influyeron con sus recetas traídas del Viejo Mundo. Además, impusieron el calendario litúrgico, de esa forma marcaron la manera de comer, diferenciando la comida cotidiana de los días de guardar.

 La tradición culinaria de las monjas es conocida desde hace siglos antes de la conquista, y cuando llegaron al Nuevo Continente se caracterizaron por su gran capacidad de adaptación a los nuevos ingredientes y técnicas para crear nuevos platillos e integraron la dieta mestiza con la conventual.

Al hablar de dieta mestiza, no se puede olvidar a un destacado personaje: Sor Juana Inés de la Cruz, escritora novohispana, quien fue confinada a la cocina como un castigo y un acto de penitencia.

 Allí Sor Juana Inés descubrió la alquimia y redactó un famoso Libro de Cocina, que hoy en día nos da referencias del arte culinario de esa época, dando testimonio de las especialidades de las monjas jerónimas: la torta de arroz, el guisado prieto, el pudín de espinacas, el gigote de gallina y el manchamenteles. Además, los exquisitos dulces entre muchos el bienmesabe y los alfajores.  

Esas recetas nos reenvían a la experiencia de Sor Juana Inés, quien gracias a su inteligencia y sapiencia fundió frente al fogón sus conocimientos literarios, elevando a la cocina a niveles de arte, y permitiendo que hoy en día podamos tener acceso al arte culinario mestizo de los conventos femeninos.